El triunfo de la convicción

Una noche fría de invierno, Néstor volvía caminando a su hogar, con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos, pateando algunas piedras mientras se preguntaba para sí ¿Por qué a mí? ¿Por qué tengo que vivir esto?…

Oriundo de Bariloche, Néstor llegó a Córdoba con parte de su familia cuando tenía 16 años. En ese período vivió en una iglesia con su hermana y su mamá, y para subsistir realizaba trabajos de plomería, electricidad, y jardinería, oficios que había aprendido de la mano de su padre en la empresa donde este trabajaba.

En nuestra ciudad, conoció al amor de su vida, o como él le dice “su Colorada”. Tras un tiempo de noviazgo, cuando Néstor tenía 18 años, su Colorada tenía el mejor de los anuncios: sería papá. La gran noticia llegó cerca del año 2001, etapa difícil ya que los problemas económicos eran cada vez más grandes y esto desató una mala relación entre los padres de Néstor y su nueva familia, así que decidieron irse del hogar familiar. El lugar que los albergó como vivienda fue un garaje con pocas comodidades que no impidieron a Néstor encontrarse tranquilo con su familia.

Un día, su hermana les llevó una bolsa de retazos de tela polar para que les cosieran ropa a sus nenas. En ese momento había nacido Milagros, su segunda hija. Aprovechando estos retazos de tela, decidieron armar unos escarpines para las nenas y así poder abrigarlas. A los días, con su señora, pensaron en venderlos en el Hospital Materno Neonatal. Ese día llevaron 5 pares, y los vendieron a todos.

“Cuando se nos acabó la bolsa de retazos, tuvimos que ir a una fábrica de telas y buscar entre los desechos de tela de polar para seguir fabricando y vendiendo. Lo hacíamos con vergüenza pero lo necesitábamos porque era nuestro sostén”, comenta Néstor conmovido por el recuerdo.

Tiempo después se inscribió en un programa para emprendedores de la entidad “Impulsar”, en donde se ofrecían a capacitarlos y existía la posibilidad de otorgarles un crédito. Finalmente Néstor logró que su emprendimiento quedara seleccionado, y pudo cursar los tres meses de capacitación. Mientras, con su compañera de vida, seguían fabricando la ropa con sus manos, incluso llegaron a tener las manos llenas de pinchazos de tanto coser. Ahora restaba conseguir el crédito, para esto un jurado debería dar el “sí”. “Tras exponer 5 minutos, me pidieron que saliera de la sala así decidían si aprobaban o no el proyecto. Fueron 5 minutos muy largos para mí. Cuando entré, uno de los jurados tenía el pulgar para arriba. ¡Lo habían aprobado! Volví saltando y llorando de alegría a mi casa. De no tener el crédito hubiera sido muy difícil comprar las maquinas de coser”, recuerda Néstor.

A partir de ahí la producción se empezó a expandir y el emprendimiento pudo crecer poco a poco. Los sueños comenzaron a cumplirse, se mudaron de casa, “Chavitos” fue progresando y Néstor empezó a ser un ejemplo para otros emprendedores, tanto es así que una importante porción de su tiempo  la dedica a dar charlas motivacionales. “Descubrí una parte que no conocía de mi, la de poder trasmitir, de darle ánimos a la gente, les digo que no importa si no tienen nada, si tienen ganas van a salir adelante”, comenta Néstor.

Nuestro protagonista dice tener un secreto, y lo revela: “Siempre, toda la ropa que hicimos la fabricábamos pensando que sería usada por nuestras hijas, le poníamos y ponemos el corazón”.

Tras cumplir varios de sus sueños, como por ejemplo registrar la marca y vender ropa al interior del país, Néstor pudo responderse la pregunta de “¿Por qué a mí?”. Todo el esfuerzo, el empeño, y los momentos de incertidumbre habían valido la pena. Su ejemplo, es sin dudas el claro reflejo de que querer es poder. Y Néstor pudo contra vientos y mareas.