De una infancia en el campo a la gran ciudad

Fabiana Dal Prá creció en una antigua casona de campo, trabajando en su propia huerta y jugando a las escondidas en las extensas praderas de trigo. Tomó clases en un colegio rural y, al terminar, decidió enfrentar el mundo de miedos que le generaba la ciudad a costa de alcanzar su sueño.

Tomó clases en una escuela rural cerca de la localidad de General Baldi-ssera, donde aprendió a formarse en comunidad y asumir responsabilidades desde muy pequeña. “Cuando llovía íbamos al cole en la famosa ‘Mercedita’, esas Mercedes Benz chiquitas que tenía un empleado del campo de mi papá y nos llevaban por el medio del barro. Si no podíamos llegar por el estado del camino nos íbamos con el carro, si no con el caballo y en el peor de los casos caminando”.

El agua y el estado de las rutas nunca fueron un impedimento para que esta niña traviesa pudiera disfrutar de las pequeñas cosas que le regaló la vida.

“Se inundaban todos los caminos y te privaban durante dos o tres semanas de comprar tus insumos. Sin preocupaciones, nos dedicábamos a pisar charcos y jugar en las lagunas con los sapos, cosas que en la ciudad son impensadas”.

Un puñado de sueños, miedos y la convicción de convertirse en una destacada profesional se depositaban en la ciudad de Córdoba. “De niña me ponía a bailar frente al televisor y sabía que quería eso para mi vida. Llegué a la ciudad con dos amigas. Era un mundo de dudas, no tenía ni idea de cómo se movían los ascensores, cómo se manejaban los colectivos, era una ciudad nueva y gigante para mí”.

Transitó su vida universitaria en la Escuela de Ciencias de la Información, en el marco de un contexto desfavorable para nuestro país. Aquella Córdoba rebelde atravesaba uno de los momentos más duros de su historia.

“Era la época en que todavía no había llegado el recambio y nuestros profesores eran los mismos oficiales devenidos de la dictadura. Venía del campo, de las flores y el pasto. Fue todo un despertar, una conmoción impresionante para una persona con la más absoluta inocencia”.

Desde hace 25 años vive felizmente con su familia en barrio Argüello, en una acogedora casa del IPV que fue mejorando y acomodando de acuerdo a las oportunidades que fueron surgiendo.

Fabiana no quiso desprenderse de los recuerdos de una infancia libre, de pastizales húmedos y bellas tardes de verano. Con mucho esfuerzo, logró construir una casa de campo en la que puede trabajar en su huerta, disfrutar el ruido del molino y pasear a caballo como cuando era niña.