En Alta Córdoba redescubrí a mi pueblo

Roberto Battaglino llegó a la ciudad con la convicción de concluir su formación universitaria y convertirse en un referente del periodismo cordobés. Se mudó a Alta Córdoba a los 28 años, en busca de la tranquilidad que le ofrecía Alcira Gigena.

El barrio de las calles anchas que envuelven tradicionales casonas, de los bares que no duermen y devenido en uno de los polos gastronómicos más importantes de la capital, sedujeron a este periodista que supo encontrar su segundo lugar en el mundo, en nuestra ciudad.

“En Alta Córdoba redescubrí cosas de mi pueblo. Escenas parecidas a las que viví en mi infancia, la relación que uno tiene con el comerciante, el verdulero, el vecino. Extrañaba esa vida y la encontré en esta bella ciudad”. Así comenzó la historia de Roberto, un estudiante universitario que depositó sus sueños en un condominio de la zona conocida antiguamente como Altos de Petaqueras.

BattaglinoBattaglino es una persona sencilla, se lo puede ver caminando los rincones de la ciudad y no se pierde la feria de verduras de calle Castelar. “Es un ritual para mi, voy todos los sábados al mismo puesto. Me atiende siempre el mismo pibe y tenemos una relación de mucho tiempo, ya sabe qué busco, qué me gusta”, cuenta Roberto, orgulloso de ser parte de uno de los barrios más tradicionales de nuestra ciudad.

“Mis vecinos son gente que vive en esa casa de hace más de 60 años, nacieron ahí. Tengo una relación con ellos de mucho afecto, de compartir cosas. El barrio es un lugar que me contiene, es como mi segundo lugar en el mundo, mi primer lugar en el mundo es mi pueblo”.

La identidad del barrio se construyó sobre el movimiento cosmopolita que generaba el ferrocarril. Un mestizaje de inmigrantes provenientes de diferentes lugares llegaba a Córdoba para abrir paso a uno de los polos gastronómicos más grandes de nuestra ciudad. La diversidad culinaria del barrio conquistó a este exitoso profesional enamorado de la comida gourmet.

Su pasión desde niño

Cuando tenía 5 años los reyes magos le trajeron una bici roja y se convirtió en la compañera de  aventuras de aquel chico travieso que enloquecía por explorar el mundo. Recuerda muchísimas anécdotas paseando por los senderos de su pueblo, mientras crecía a base de raspones al lado de, cómo él mismo define, el elemento más identificador de su infancia.

Como dice su amigo y destacado médico, Carlos Presman: “La infancia es la escenografía que se habita toda la vida”. Después de muchos años Roberto volvió a encontrarse con las sensaciones que le propiciaba su infancia, y hoy, en su adultez,  pasea en su bicicleta por las pintorescas calles de Alta Córdoba.