Escuela de Gigantes

Dionisia y Pedro retomaron la primaria que dejaron siendo niños. Ella es abanderada y él, escolta. Querían ayudar a una nieta con las tareas escolares. A fin de año egresan y las ganas alcanzan para mucho más.

Él habla bajito y es de pocas palabras; ella, por el contrario, suma una frase tras frase y a veces cuenta la vida alegre y sacrificada de la familia entera. Dionisia Romero (57) y Pedro Padilla (64) crecieron entre muchos hermanitos, necesidades, ausencias y poco tiempo para ser niños. Con fe, amor y mucho trabajo crearon un mundo donde pueden ser felices con lo que tienen y ayudar a otros.

Dionisia es ama de casa y creció en una familia de 11 hermanos. El papá de Dionisia era peón de campo y su mamá, también ama de casa. De chiquita, dividió su tiempo entre el carro de sus padres, cuidar a sus hermanitos e ir a la escuela. Dejó en tercer grado, en un pendiente para “algún día”.

Pedro también viene de una familia numerosa: 9 hermanos por parte de padre y “4 o 5” por parte de madre. Su papá era albañil como él y su mamá trabajaba fuera de casa. No se llevaban bien entre ellos y fue criado por sus tíos. Siendo niño, le gustaba trabajar en las quintas de barrio los Bulevares y dejó la escuela en el mismo grado. Sólo que a él lo echaron de la escuela.

Ella y Él

Dionisia y Pedro comenzaron a estar juntos hace 2 miradas, 5 hijos, 11 nietos y 1 bisnieta atrás. Se conocieron de casualidad, en esos segundos que a menudo son suficientes. Pedro trabajaba en una metalurgia y pensaba irse a vivir a Tucuman, plan que suspendió por el consejo de un amigo y luego de su mamá, que vivían en Villa Urquiza.

Un día, a la salida del trabajo, Pedro encaró hacia el potrero con una estampa deportiva que no pasaría inadvertida, dentro y fuera de la cancha. En esos pasajes conoció a Dionisia y se quedó para siempre. A primera vista, a Pedro le gustó la sencillez de ella y especialmente, le encantaron sus ojos. A Dionisia le atrajo de él su cuerpo de futbolista. Era abril de 1977. En julio de ese año se casaron y están juntos desde entonces.

En Villa Urquiza levantaron una casa sobre terrenos del padre de Pedro, quien les construyó la primera pieza con un bañito y un aljibe. Sus hijos son Dora, Patricia, Eduardo, Yoana y Sergio. Y también su nieta Brisa, a quien criaron de chiquita.

Seguir queriéndose

Tras 41 años de matrimonio ellos comparten algunos secretos para convivir, a pesar de los desencuentros. “Cuando él se enoja, yo lo ignoro hasta que le contesto, rebotamos los dos y cada uno se va para diferente lado”, explica Dionisia. Sin embargo, la distancia se acorta rápidamente con unas palabras casi mágicas que les recuerda cuánto se quieren.

“Él empieza a decir perdoname y yo también; después al otro día ya estamos juntos, vienen los nietos y nos olvidamos que estábamos peleados”, agrega.

La escuela

Los nietos son una de sus grandes alegrías. Llegan a la casa y “los vuelven locos”. El arroz con leche es la especialidad de Dionisia y también ese postre difícil de pronunciar y exquisito: “bischocuelo”. Pedro por su parte disfruta de pasear con ellos en la “Renoleta”.

También, adoran hacer las tareas escolares y precisamente por eso volvieron a las aulas. Dionisia dió el primer paso y Pedro la acompañó. “Quería aprender para ayudar a los nietos”, recuerda Dionisia pensando en Brisa, la nieta mayor, que hoy cursa sexto grado y egresa a fin de año igual que ellos.

La primaria se llama Emilio Baquero Lazcano y esta anclada en Villa Urquiza. Es una de las 38 escuelas municipales creadas en 1984, todas ubicadas en la periferia de la ciudad, donde el Estado es más que necesario.

Desde tempranito está llena de chicos y su energía envuelta en guardapolvos blancos; a la siesta llegan los que visten su entusiasmo con algunas canas y una campera roja como uniforme. Son alumnos de los Centros Educativos de Jóvenes y Adultos (CEJA), una modalidad de primaria municipal, orientada a personas entre 18 y 96 años.

Los CEJAS

Los 30 CEJAS funcionan en aulas compartidas con las escuelas municipales y anexos. Permiten el cursado en reparticiones municipales, centros vecinales u otras organizaciones civiles. La mayoría dictan clases entre la siesta y la tarde, de lunes a viernes durante tres horas.

Las clases

Una tarde como cualquier otra, Dionisia y Pedro van a la escuela después del almuerzo. En la clase de computación, Mariel Torres les enseña a usar el procesador de texto para tipear una canción de Atahualpa Yupanqui. Los alumnos del CEJA Villa Urquiza tienen más de 45 años y son todas mujeres, menos uno.

A veces los hombres pierden la oportunidad de la educación, contra la cruda necesidad de trabajar día entero. Otras veces, son las mujeres quienes luchan contra el sometimiento y deciden ir a clases. Siempre, deben vencer el miedo o los prejuicios de “ponerse a estudiar de grande”.

Como a las cinco de la tarde es momento de hacer una pausa y cambiar de aula. Por algunos minutos, se mezclan las generaciones en la merienda: Los niños y niñas de las escuelas municipales y los hombres y mujeres de los CEJAS.

Luego de compartir risas, criollitos y el mate cocido, comienza otra actividad, ahora en manos de la maestras Ivana Arbach y Rebeca Assis. La consigna del día es “Hoy quiero”, un trabajo para reflexionar y escribir sobre los deseos concretos que están a flor de piel y se hacen posibles con ayuda.

Más que docentes

En ellas brilla un cariño especial, ese que alguna vez nos hicieron enamorar de nuestras maestras. Son clases amenas y respetuosas de los tiempos, habilidades, conocimientos y experiencias de vida de los alumnos. Porque ellos, a diferencia de los niños, eligen ir a la escuela en medio de una vida con amplias responsabilidades.

Tienen la versatilidad docente de una navaja suiza. Piensan una clase y luego la adaptan (o cambian si es necesario) para enseñar en simultáneo diversos contenidos aprendidos hasta ese día. Y avanzan desde allí.

Tres deseos

Aunque todavía faltan algunos meses para fin de año, el egreso es una realidad que pueden palpar con la memoria y el presente. La escuela es casi una tradición familiar: fueron ellos, todos sus hijos, algunos nietos y sobrinos.

Anticipando la fiesta de egreso y con una torta imaginaria, aparecen tres deseos en sus corazones en busca de socios.

Uno

“Antes de terminar el colegio nos gustaría que quedara el aula hecha para los compañeros que quedan”, sueña Dionisia, poniéndole voz al deseo de todos.

Dos

“Si Dios nos ayuda vamos a poner una copa de leche en Argüello. Lo sueño para darles amor a los chicos. Porque a mí me criaron y quiero mucho a los chicos”, cree con mucha fe Pedro.

Tres

“Nos gustaría hacer el secundario”, imaginan ambos para continuar estudiando mientras llevan adelante la copa de leche.

Escuela de Gigantes

A fin de año Dionisia entregará la celeste y blanca a un compañero y egresará con un diploma especial por haber sido abanderada de la modalidad. Un deseo más para el último día de clases: Ver a la señorita Adriana. La primera amiga maestra que los recibió y alentó cuando volvieron a la escuela. Las maestras que siempre se recuerdan.

Agradecimientos

Alumnos: Emperatriz Arista; Alicia Barrionuevo; Margarita Basualdo; Evenilcen Duarte; Adriana Ledesma; Mercedes Mansilla; Mercedes Oscare; Inés Peralta; Beatriz Pereyra; Lidia Sosa; Lilian Vivas; Nélida Aguirre; María Blanco; Lorena Castaño; Cristina Ferreyra; Ramona Molina; Ramona Romero; Catalina Tejeda; María Vega; Carmen Vallejos; Dionisia Romero; Pedro Padilla.

Marcia Videla (Subdirectora de la Modalidad); Soraya Jazni; Cecilia González (Directora de la Escuela Dr. Emilio Baquero Lazcano); Ivana Arbach; Rebeca Assis (docentes); Mariel Torres (docente de informática); Adriana Deganglioni (docente jubilada).